El susuro de Themyscira 2



Lee la primera parte aqui El susurro de Themyscira 1

(ACLARACION: POR MOTIVOS NARATIVOS, ESTA PARTE ES  HETEROSEXUAL (NO NEUTRA COMO LA ANTERIOR), SI SOS MUJER APELAMOS A TU IMAGINACION PARA UNA LECTURA PLENA COMO PROTAGONISTA ) 

La noche en Themyscira no termina con el alba.  

Termina cuando Diana decide que aún no ha tenido suficiente de ti.

Despertaste con su brazalete ardiendo suavemente contra tu piel, como si aún guardara el último latido de su placer. El claro estaba desierto, pero su aroma (jazmín, sal, victoria y deseo recién derramado) seguía pegado al aire, a tus manos, a tu boca.

Caminaste descalzo por la isla buscándola. No estaba en la arena de entrenamiento ni entre los pergaminos que tantas veces habíais compartido hasta que vuestros hombros se rozaban y ninguno de los dos se apartaba.  

La encontraste en el mismo acantilado donde todo había empezado, de espaldas al mar que ahora reflejaba fuego y oro. La armadura volvía a cubrirla, pero el sol naciente la atravesaba como si el acero fuera sólo un velo más.

Te vio llegar y se giró.  

Sus ojos eran los mismos de la noche anterior: los de la mujer que se había arqueado bajo la luna, que había temblado cuando la llenaste, que había gritado tu nombre como quien invoca un dios nuevo.

—No temas tocarme —dijo, y su voz era ronca de sueño y de deseo no terminado.

Con un solo movimiento se quitó el peto. El metal cayó a la roca con un sonido seco, definitivo. Debajo no llevaba nada. El sol besó sus pechos, sus costados, la línea firme de su vientre; sus pezones seguían duros, como si tu boca nunca se hubiera ido.

Se acercó hasta que la estrella de su tiara rozó tu frente.

—He detenido tanques con estas manos —susurró—. He mirado a dioses a los ojos y no he parpadeado. Pero anoche… anoche me temblaron cuando me tocaste aquí.

Tomó tu mano y la llevó directamente a su pecho desnudo. Sentiste su corazón golpear fuerte, rápido, vivo. Luego más abajo, entre sus muslos, donde aún estaba caliente y húmeda por ti.

—Aquí dentro también soy frágil —dijo, guiándote lentamente dentro de ella otra vez—. Y por primera vez en siglos quiero que alguien me proteja de mí misma.

Te besó con hambre antigua, con siglos de deseo que ya no quería contener. Sus manos despojaron tu ropa como quien desarma una armadura que ya no sirve. Te empujó con suavidad contra la roca tibia del acantilado y se arrodilló frente a ti, no en sumisión, sino en elección absoluta.

Sus labios y su lengua te recorrieron con la misma devoción con la que tú la habías adorado horas antes. Te miró a los ojos mientras te tomaba en su boca, lenta, reverente, dejando que vieras cómo la mujer más fuerte del mundo elegía arrodillarse solo para darte placer.

Después se levantó, te giró con ternura y te hizo entrar en ella de nuevo, esta vez de pie, con el mar rugiendo debajo como único testigo. Sus manos se aferraron a la roca; sus caderas se movieron hacia atrás encontrándote en cada embestida profunda. Cada vez que te hundías en su calor, gemía tu nombre como quien reza.

Cuando el placer la alcanzó, todo su cuerpo se tensó y luego se deshizo; gritó al viento, temblando contra ti, y tú la sostuviste mientras se rompía en mil pedazos de luz, porque en ese instante eras su refugio, su igual, su todo.

Permanecieron así, unidos, respirando el mismo aire salado, hasta que el sol estuvo alto y sus cuerpos dejaron de temblar.

Entonces ella se giró, tomó tu rostro entre sus manos todavía temblorosas y habló con voz firme y suave a la vez:

—Quédate.  

No una noche más.  

Todas las noches que hagan falta hasta que yo olvide cómo se siente volver a ponerme la armadura…  

y hasta que tú olvides cómo se siente tenerme miedo.

Te besó la frente como quien sella un pacto eterno.

Y Wonder Woman, la mujer que había salvado al mundo incontables veces, apoyó la cabeza en tu pecho desnudo, escuchando tu corazón, porque había decidido que su mayor acto de valentía ya no sería volver a salvar el mundo…

sino permitirse ser salvada, deseada, amada, vulnerable…

contigo.

Una y otra vez.

Hasta que ambos olvidaran dónde termina la guerrera  

y dónde empieza la mujer que, por fin, eligió ser tuya y que tú fueras suyo.